Temática Ambientación
El caminante llegó al atardecer al pueblo, el castillo le saludó bajo el sol poniente. Cruzó el río por el puente nuevo y se dirigió a la plaza. Allí un grupo de muchachos perseguía un atado de trapos que se lanzaban unos a otros golpeándolo con unos palos. Los chicos se quedaron inmóviles cuando le vieron aparecer por la cuesta, cargado con su laúd y cubierto por la capa de color verdoso.
-Decidme- dijo el visitante- ¿sabéis por donde cae la casa del Bardo?
Los muchachos miraron extrañados al recién llegado. No era habitual que en esa época del año, en pleno invierno, llegasen forasteros al pueblo. Lo más normal era que viniesen en pleno verano, o en otoño coincidiendo con las cosechas. Además ese hombre, no tenía pinta de comerciante, como los demás, sino que parecía un vagabundo y aunque cargaba un instrumento musical, todos pudieron ver como de su cintura pendía una espada.
Daner, el mayor del grupo, se acercó, interesado por lo que el forastero tuviese que decir.
-¿Sabéis por donde cae la casa que os digo? – volvió a preguntar el hombre.
-Es una casa que esta al otro lado del pueblo – le respondió el más pequeño, mientras en su mirada se instalaba el temor.
-Si – contestó otro – aunque no creo que queráis ir allí a estas horas, dicen que…
-¡Cállate! – le ordenó el mayor – ya sabes que a padre no le gusta que hablemos de estas cosas.
El hombre miró a los muchachos y volvió a preguntar, esta vez con un tono impaciente:
-Pero, ¿sabéis o no como se va a ese lugar? Tengo que estar allí justo después de anochecido y se me está haciendo tarde.
Los muchachos le miraron aterrorizados y retrocedieron un par de pasos antes de emprender la huida. Tan solo uno de ellos quedo allí en pie, tendió la mano hacia el final de la calle y dijo apresuradamente, antes de salir huyendo en pos de sus compañeros:
-Seguid la calle hasta el arroyo, cruzadlo y subid por la colina hasta la cima.
El visitante no tuvo tiempo de darles las gracias puesto que todos huyeron a la desbandada por un callejón lateral. Se encogió de hombros y decidió seguir el camino indicado por el muchacho.
Vio el caserón en la colina en cuanto hubo cruzado el pueblo, un edificio antiguo al que se llegaba siguiendo un sendero de grava flanqueado por una hilera de árboles. No tuvo que andar mucho para encontrar un portón y a un hombre que parecía muy interesado en astillar un viejo tocón.
-¿La casa del Bardo? – atinó a preguntar el visitante.
El hombre no contestó, tan solo señaló, dedo en ristre, el viejo caserón que se erguía al final del camino. El sol no se había puesto aun cuando llegó al portal, un viejo y destartalado portón que parecía a punto de desvencijarse de pura desidia. Un escalofrío recorrió su espalda cuando miró arriba hacia las ventanas que coronaban la planta noble del edificio. Estas eran tan solo profundos huecos de negrura, algunas conservaban restos de lo que fueran ventanas y otras lucían sus desnudos agujeros por donde asomaban los hierros que las sostuvieran. Sonrió para sus adentros y se dijo que había sido un iluso, aceptando esa extraña invitación que le había llegado por boca de un viajante:
-Si quieres tu fortuna ve el día del solsticio de invierno a la Casa del Bardo, pero debes estar allí justo después de anochecer – le había dicho el hombre.
-Yo he cumplido – pensó – esta anocheciendo y si esos chicos no me han engañado, esto es la casa del Bardo.
O lo fue, mejor dicho. El sol se puso por el horizonte y una extraña transformación se desarrolló entonces en la casa. El extranjero asistió maravillado a esa mutación, mientras se preguntaba si debía salir por pies o quedarse. Las viejas piedras derrumbadas parecieron cobrar vida ante sus ojos, las ventanas, antes simples agujeros, volvieron a cubrirse de cristaleras y de cortinajes y la puerta, poco menos que una ruina, volvió al aspecto que debió tener muchos años atrás. El viajero tuvo durante un instante el impulso de darse la vuelta y echar a correr, pero la puerta se abrió ante el y apareció una mujer en el umbral. Se trababa de una mujer entrada en años y en carnes, que le dio la bienvenida con una sonrisa y de pronto el visitante ya no tuvo miedo.-Bienvenido viajero – le dijo – estaba esperando vuestra llegada. ¡Pasad por favor!
El visitante no atinó a responder, tan solo se inclino en una reverencia y después siguió cortésmente a la señora. Esta parecía ser la única habitante de aquella mansión, aparecida de la nada junto con la oscuridad de la noche. Los dos cruzaron salas, recorrieron pasillos y bajaron escaleras hasta llegar a una sala abovedada. Ésta era una sala enorme y vacía. Tan solo en un rincón, una larga mesa, un par de butacas y un atril componían su mobiliario. Las paredes estaban cubiertas por unos espesos cortinajes color vino, algunos, algo retirados, mostraban que tras ellos se apilaban estantes llenos de libros y pergaminos. Estos también ocupaban gran parte de la mesa y del suelo.
La mujer guió a su visitante hacia la mesa, y le ofreció asiento. No parecía haber luces en la sala pero había una extraña y rojiza claridad que permitía ver alrededor. Aunque un momento después el hombre pudo ver que la mujer acercaba a la mesa un candelabro encendido y una bandeja. Ésta contenía una jarra de vino y dos vasos, además de un humeante plato de comida caliente. Todas las dudas del visitante se disiparon de golpe cuando olió el guiso que le traía la mujer. Era el olor de casa, de noches frente al fuego, el olor de su niñez. Y su mente revoloteo lejos, muy al sur, junto a ese hogar que abandonara muchos años atrás para cruzar los caminos de la tierra media y llevar sus canciones a todo el que quisiese escucharle. Nadie que pudiese cocinar algo que tuviese aquel olor podía ser malvado – se dijo.
La mujer sirvió vino e indicó a su visitante que podía comer. Cuando el invitado empezó a vaciar el plato, se sentó muy erguida a su lado y carraspeó para llamar su atención.
-Os preguntaréis por qué hice que Oto, el viajante, os invitara a venir ¿verdad? – dijo.
El hombre asintió con la cabeza, llena la boca del delicioso guiso.
-Le pedí al comerciante que os buscase porque quiero encargaros algo – explicó – el me dijo que vos sois el juglar mas conocido y el mas solicitado en toda la tierra media y que vuestros cantos y vuestras historias llegan a todos los confines de nuestra tierra, desde las cavernas enanas hasta los palacios, pasando por todos los pueblos y hasta por el bosque de los elfos, todos conocen quien es Denerel el bardo y sus canciones pasan de boca en boca.
-Señora, me halagáis – dijo entonces el hombre – no soy ni mucho menos tan conocido, ¡ya me gustaría a mi!
-Entonces admitís que os gustaría serlo, ¿verdad? – preguntó la oronda mujer – ¿que os parecería si yo os proporciono una historia que contar? Eso si, siempre que tenga de vos el compromiso de que la llevareis hasta los confines de la tierra.
-¿Y que voy a ganar yo con eso? – preguntó el bardo.
-Fama, además de una pequeña fortuna – dijo la mujer, sacando de entre su sayal una bolsa de terciopelo que tintineó con el sonido del oro cuando la depositó sobre la mesa. Los ojos del hombre se abrieron como platos cuando el hilo que ataba la bolsa de deshizo y un puñado de monedas se desparramó sobre la mesa. Acercó su mano y tomo una de ellas. Era grande y pesada y aunque no era moneda en curso, el oro que la formaba era suficiente como para darle un gran valor. Sintió en su corazón la punzada de la codicia y miró a la mujer preguntándose que era lo que debería hacer para obtener aquel premio.
-Es muy sencillo – dijo ella – os contaré una historia y vos deberéis difundirla. La historia y un ruego.
-¿Un ruego? – quiso saber el hombre.
-Si, un ruego – le respondió – veréis, he sabido que este otoño se celebra, no muy lejos de aquí la Mereth Adhertad y quisiera hacer una convocatoria. Se trata de invitar a todas las gentes que escriben historias, los que gustan de leerlas, los que las cantan, es decir a todo el mundo a participar de una reunión especial, una reunión donde se cuenten historias y se narren hazañas, un momento donde la magia pueda tener lugar y el tiempo y el espacio se diluyan.
-¿Pero por que motivo vais a convocarlos? – preguntó el bardo.
-Esto lo sabrás muy pronto, en cuanto conozcas la historia – dijo ella. Y tomando un pergamino que había en un atril cercano lo dejó sobre la mesa. -Esta es la historia que quiero que cuentes – dijo – es la historia de esta casa y de las gentes que en ella vivieron. En cuanto oigan la historia ellos entenderán y entonces les podrás pedir que vengan.
El bardo tomó el pergamino y leyó y asintió con una sonrisa. Después, tomó de la mesa la bolsa con las monedas y saludó cortésmente a la oronda mujer.
-Nos veremos en la Mereth Adhertad, señora. Y espero que haya podido traer a un buen número de personas aquí.
La mujer le saludó del mismo modo y apagó la vela que iluminaba la mesa. El hombre quiso llamarla pero no pudo porque de pronto se dio cuenta de que no se encontraba en una casa si no en medio del campo y lucían las estrellas. Se volvió y vio la vieja mansión medio derruida y le pareció atisbar en uno de sus vacíos ventanales una lucecita. Pero fue solo un instante mientras un escalofrío recorría su espalda ya que en ese momento tuvo el convencimiento de que la mujer con la que había hablado era un fantasma. Enfiló el camino del pueblo sintiendo el tintineo de las monedas en la bolsa colgando de su cinturón y se dijo que aunque aquellos seres que poblaban la vieja mansión fuesen en verdad fantasmas, habían pagado por sus servicios y por lo tanto él llevaría esa historia a todos los confines de la tierra media.
Cuando llegase el otoño y se celebrase la fiesta de la reunión habría mucha gente dispuesta a acudir a la convocatoria de la vieja mujer.
